El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro João Eduardo rodeó la mesa con un platito de porcelana. Al final faltaban diez reis.
—¡Yo ya he puesto, yo ya he puesto! —exclamaban todos, nerviosos.
Era la hermana del canónigo quien no había tocado su pecunio encastillado. João Eduardo, inclinándose, le dijo:
—Me parece que doña Josefa no ha puesto.
—¡¿Yo?! —gritó ella, furiosa—. ¡Ésas tenemos! ¡Si he sido la primera en poner! ¡Jesús! ¡Dos monedas de cinco reis, para más señas! ¡Cómo está este hombre!
—¡Ah, claro! —dijo él entonces—. ¡He sido yo, me he olvidado! Ahora pongo —y rezongó—: ¡Beata y ladrona!
Y, mientras, la hermana del canónigo le decía en voz baja a doña María da Assunção:
—¡Quería ver si se escabullía, el pájaro! ¡Qué falta de temor de Dios!
—El único que no lo está pasando bien es el señor párroco —observó alguien.
Amaro sonrió. Estaba distraído y fatigado: a veces hasta se olvidaba de marcar y Amélia le decía, dándole con el codo: