El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¡Lo he encontrado, lo he encontrado! Bajó despacio, con el vaso lleno: la mano le temblaba, el agua le resbalaba por los dedos. Se acostó sin rezar. De madrugada, Amélia percibió abajo pasos nerviosos: era Amaro, que, con el abrigo sobre los hombros y en zapatillas, fumaba, paseando excitado por la habitación.