El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Ella, arriba tampoco dormía. Sobre la cómoda, en un platito, la lamparilla se extinguía con un mal olor de pavesa de aceite; se veían las blancuras de las faldas caídas en el suelo; y los ojos del gato, que no dormía, brillaban en la oscuridad de la habitación con una claridad fosforescente y verde.
En la casa vecina un niño no paraba de llorar. Amélia oía a la madre, acunándolo, cantándole bajito:
Dorme, dorme, me menino
que a tua mae foi a fonte!
Era la pobre Catarina, la planchadora, a quien el teniente Sousa había abandonado con un hijo en la cuna y encinta de otro ¡para ir a casarse a Estremoz! Era tan guapa, tan rubia… ¡Y ahora estaba consumida, chupada!
Dorme, dorme, meu menino
que a tua mae foi a fonte!
¡Cómo se acordaba de aquella canción! Cuando tenía siete años su madre se la cantaba, en las largas noches de invierno, al hermanito muerto.
