El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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V

Ella, arriba tampoco dormía. Sobre la cómoda, en un platito, la lamparilla se extinguía con un mal olor de pavesa de aceite; se veían las blancuras de las faldas caídas en el suelo; y los ojos del gato, que no dormía, brillaban en la oscuridad de la habitación con una claridad fosforescente y verde.

En la casa vecina un niño no paraba de llorar. Amélia oía a la madre, acunándolo, cantándole bajito:

Dorme, dorme, me menino

que a tua mae foi a fonte!

Era la pobre Catarina, la planchadora, a quien el teniente Sousa había abandonado con un hijo en la cuna y encinta de otro ¡para ir a casarse a Estremoz! Era tan guapa, tan rubia… ¡Y ahora estaba consumida, chupada!

Dorme, dorme, meu menino

que a tua mae foi a fonte!

¡Cómo se acordaba de aquella canción! Cuando tenía siete años su madre se la cantaba, en las largas noches de invierno, al hermanito muerto.


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