El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro ¡Lo recordaba muy bien! VivÃan entonces en otra casa, junto a la carretera de Lisboa; a través de la ventana de su habitación se veÃa un limonero y en su ramaje brillante su madre ponÃa los pañales de Joãozinho a secarse al sol. No habÃa conocido a su padre. HabÃa sido militar, murió joven; y su madre aún suspiraba al hablar de su hermosa estampa vestido con el uniforme de caballerÃa. A los ocho años la enviaron a la maestra. ¡Cómo se acordaba! La maestra era una viejecita rolliza y blanca que habÃa sido cocinera de las monjas de Santa Joana de Aveiro: con sus anteojos redondos, al lado de la ventana, empujando la aguja, se morÃa por contar historias del convento: los berrinches de la escribana, hurgándose continuamente en los dientes agujereados; la madre tornera, perezosa y pacata, con su acento mimoso; la profesora de gregoriano, admiradora de Bocacio y que se decÃa descendiente de los Távoras; y la leyenda de la monja que habÃa muerto de amor y cuya alma todavÃa recorrÃa algunas noches los pasillos, emitiendo gemidos doloridos y clamando: «¡Augusto, Augusto!».