El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Amélia escuchaba encantada aquellas historias. En aquella época le gustaban tanto los ritos eclesiales y la convivencia con los santos que deseaba ser «una monjita muy bonita, con una toca muy blanca». Su madre era muy visitada por los curas. El chantre Carvalhosa, un hombre mayor y robusto al que el asma hacía jadear al subir la escalera y que tenía una voz gangosa, venía todos los días como amigo de la casa. Amélia le llamaba «padrino». Cuando ella volvía por las tardes de la maestra, lo encontraba siempre en la sala conversando con su madre, con la sotana desabotonada, dejando ver su largo chaleco de terciopelo negro con florecitas bordadas en amarillo. El señor chantre le preguntaba por las clases y le hacía repetir la tabla.

De noche había tertulias: venían el padre Valente, el canónigo Cruz y un viejecito calvo, con perfil de pájaro y anteojos azules, que había sido fraile franciscano y a quien llamaban fray André. Venían las amigas de su madre, con sus medias puestas, y un tal Couceiro, capitán de cazadores, que tenía los dedos negros del tabaco y que traía siempre su viola. Pero a las nueve le ordenaban que se acostase; por la rendija de la puerta ella veía la luz, escuchaba las voces; después se hacía un silencio y el capitán, punteando con la guitarra, cantaba el Lundum da Figueira.


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