El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Así fue creciendo, entre curas. Pero algunos le eran antipáticos: sobre todo el padre Valente, ¡tan gordo, tan sudoroso, con sus manos gordas y blandas, de uñas pequeñas! Le gustaba sentarla en sus rodillas, retorcerle la oreja despacito, ¡y ella percibía su aliento impregnado de cebolla y tabaco! Su amiguito era el canónigo Cruz, delgado, con todo el pelo blanco, el alzacuello siempre limpio, las hebillas brillantes; entraba despacito, cumplimentando con la mano en el pecho y una voz suave y seseante. Ya entonces se sabía el catecismo y la doctrina. En la escuela, en casa, por cualquier bagatela, le hablaban siempre de los castigos del cielo: de tal modo que Dios se le figuraba como un ser que sólo sabe dar el sufrimiento y la muerte y al que es necesario ablandar rezando y ayunando, oyendo novenas, mimando a los curas. Por eso, si alguna vez al acostarse olvidaba alguna salve, hacía penitencia al día siguiente, porque temía que Dios le enviase unas fiebres o la hiciese caer por la escalera.
Pero su mejor momento fue cuando empezó a recibir lecciones de música. Su madre tenía en un rincón del comedor un viejo piano cubierto por un paño verde, tan desafinado que se usaba como aparador. Amélia solía canturrear por la casa; su voz fina y fresca gustaba al señor chantre, y las amigas le decían a su madre: