El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Amélia no se olvidó de los calcetines de lana del tío Cegonha. Y le pidió al chantre que le diese unos.
—¡Vaya! ¿Para quién? ¿Para ti? —dijo él con su risa vigorosa.
—Para mí, sí señor.
—No le haga caso, señor chantre —dijo la Sanjoaneira—. ¡Vaya idea!
—¡Sí, hágame caso! Démelos, ¿sí? —Le rodeó el cuello con los brazos, lo miró con sus ojitos dulces.
—¡Ah, seductora! —decía el chantre riendo—: ¡Qué empeño! ¡Tiene que ser cosa del demonio!… Pues hala, ahí tienes. —Y le dio dos monedas para unos calcetines de lana.
Al día siguiente se los dejó envueltos en un papel en el que se leía en grandes letras: «Para mi querido amigo tío Cegonha, de su discípula».
Más tarde, una mañana, lo vio más pálido, más chupado.
—Tío Cegonha —dijo de pronto—, ¿cuánto le pagan en el archivo?
El viejo sonrió: «¿Y cuánto me van a pagar, mi querida señorita? Una insignificancia. Cuatro vintems al día. Pero el señor Nieto me hace algunos favores».
—¿Y le llegan cuatro vintems?