El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Pero ¿cómo me van a llegar? —Se oyeron los pasos de su madre; y Amélia, retornando gravemente la actitud de alumna, comenzó a solfear en voz alta, con aspecto concentrado.
Y desde ese día tanto pidió, tanto exclamó, que consiguió que los días de lección su madre le diese de desayunar y de comer al tío Cegonha.
Así se afirmó entre el viejo y ella una gran intimidad. Y el pobre tío Cegonha, saliendo de su frío aislamiento, se acogió a aquella amistad inesperada como a un refugio caliente. Encontraba en ella el elemento femenino que tanto aman los viejos, con las caricias, las voces suaves, las delicadezas de enfermera; tenía en ella a la única admiradora de su música; y la veía siempre atenta a las historias de su tiempo, a los recuerdos de la vieja catedral de Évora que él tanto quería y que le hacía exclamar cuando hablaban de procesiones o de celebraciones eclesiásticas:
—¡Para eso, nada como Évora! ¡En Évora sí que sí!
Amélia se aplicaba mucho con el piano: era la cosa buena y delicada de su vida; ya tocaba contradanzas y viejas arias de compositores antiguos. A doña María da Assunção le extrañaba que el maestro no le enseñase El Trovador.