El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Días después, el padre Amaro y el canónigo Dias fueron a cenar con el abad de A Cortegaça. Era un anciano jovial, muy caritativo, que llevaba treinta años viviendo en aquella parroquia y que pasaba por ser el mejor cocinero de la diócesis. Todo el clero de los alrededores conocía su famosa cabidela de caza. El abad cumplía años, había otros convidados, el padre Natário y el padre Brito: el padre Natário era una criatura biliosa, seca, con dos ojos hundidos, muy malignos, la piel picada de viruelas y extremadamente irritable. Le llamaban «el Hurón». Era sabihondo y discutidor, tenía fama de ser gran latinista y de tener una lógica de hierro; y se decía de él: «¡Es una lengua de víbora!». Vivía con dos sobrinas huérfanas, se declaraba loco por ellas, alababa continuamente su virtud y solía llamarlas «las dos rosas de mi jardín». El padre Brito era el cura más estúpido y más fuerte de la diócesis; tenía el aspecto, los modales, la vigorosa vida de un robusto beirense que maneja bien el cayado, que se bebe un almud de vino, que sostiene alegremente la esteva del arado, que sirve para albañil en las reparaciones de un cobertizo y que en las siestas calientes de junio arroja brutalmente a las muchachas sobre las hacinas de maíz. El señor chantre, siempre acertado en sus comparaciones mitológicas, le llamaba «el león de Nemea».
