El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Su cabeza era enorme, con un cabello lanudo que le caía hasta el entrecejo; la piel curtida tenía un tono azulado por el esfuerzo con la navaja de afeitar; y en sus carcajadas bestiales enseñaba unos dientecitos muy pequeños y muy blancos por el uso de la borona.

Cuando iban a sentarse a la mesa, llegó el Libaninho muy apresurado, contoneándose mucho, con la calva sudada, exclamando en tono agudo:

—¡Ay, hijos! Disculpadme, me he retrasado un poquito. Pasé por la iglesia de Nossa Senhora da Ermida, estaba el padre Natário diciendo una misa de intención. ¡Ay, hijos! Me la he tragado entera, ¡hasta vengo reconfortado!

La Gertrudes, la vieja y fuerte ama del abad, entró entonces con la gran sopera de caldo de gallina; y el Libaninho, dando saltitos a su alrededor, empezó con sus chistecitos:

—¡Ay, Gertrudes, bien sé yo a quién hacías tú feliz!

La vieja aldeana reía con su espesa risa bondadosa, que le agitaba la masa del seno.

—¡Miren qué apaño me aparece ahora por la tarde!…

—¡Ay, hija! Las mujeres, como las peras, gustan maduras y con siete curvas. ¡Entonces sí que están de rechupete!


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