El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Los curas rieron a carcajadas y alegremente se acomodaron a la mesa.
Toda la comida había sido cocinada por el abad; al acabar la sopa comenzaron las exclamaciones:
—¡Sí, señor, excelente! ¡Como esto, ni en el cielo! ¡Riquísima!
El buen abad estaba rojo de satisfacción. Era, como decía el señor chantre, «¡un artista divino!». Había leído todos los «Cozinheiros completos», sabía innumerables recetas; era inventivo y, como él mismo aseguraba, dándose golpecitos en el cráneo, «¡le había salido mucha exquisitez de aquel caletre!». Vivía tan absorbido por su arte que, en los sermones dominicales, llegaba a dar a los fieles arrodillados para recibir la palabra de Dios consejos sobre el bacalao guisado o sobre los condimentos del sarrabuiho. Y allí vivía feliz, con su vieja Gertrudes, también de muy buen paladar, con su huerta de magníficas legumbres, teniendo una sola ambición en la vida: ¡llevar un día a cenar al obispo!
—¡Oh, señor párroco! —le decía a Amaro—, ¡por favor, un poquito más de cabidela, haga el favor! Esos trocitos de pan, ¡mójelos en la salsa! ¡Eso! ¡Eso! ¿Qué tal, eh? —Y con aire modesto—: No es por presumir, ¡pero hoy la cabidela me ha salido bien!