El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Estaba, en efecto, como decía el canónigo Dias, ¡para tentar a san Antonio en el desierto! Todos se habían sacado las capas y, con las sotanas, los alzacuellos aflojados, comían despacio, hablando poco. Como al día siguiente era la fiesta de la Senhora da Alegria, las campanas de la capilla, al lado, repicaban; y el buen sol del mediodía daba tonalidades muy alegres a la loza, a las ventrudas jarras azules llenas de vino de Bairrada, a los platitos con pimientos rojos, a los frescos cuencos de aceitunas negras, mientras el buen abad, la mirada satisfecha, mordiéndose el labio, iba cortando con cuidado grandes tajadas blancas de la pechuga del capón relleno.