El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Las ventanas se abrían a la huerta. Se veían dos grandes pies de camelios rojos creciendo junto al antepecho y, más allá de las copas de los manzanos, un trozo muy vivo de cielo azul turquesa. Una noria rechinaba a lo lejos, las lavanderas tundían la ropa. Sobre la cómoda, entre infolios, en su peana, un Cristo perfilaba tristemente contra la pared su cuerpo cerúleo, cubierto de llagas rojas: y flanqueándolo, simpáticos santos en fanales de cristal hacían recordar leyendas más dulces de una religión amable: el buen gigante san Cristóbal atravesando el río con el divino pequeñín, que sonríe y hace saltar al mundo en su manita, como si fuese una pelotita; el dulce pastor san Juan cubierto con una piel de oveja y guardando sus rebaños, no con un cayado, sino con una cruz; el buen portero san Pedro, ¡sosteniendo en su mano de barro las dos santas llaves que abren las puertas del cielo! En las paredes, en litografías de colorido cruel, el patriarca san José se apoyaba en su cayado, en el que florecen lirios blancos; el caballo encabritado del bravo san Jorge pisaba el vientre de un sorprendido dragón; y el buen san Antonio, a la orilla de un riachuelo, sonreía mientras le hablaba a un tiburón. El tilín-tilín de los vasos y el ruido de los cubiertos daban una alegría inhabitual a la vieja sala de techo de roble ahumado. Y el Libaninho devoraba, diciendo pillerías:


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