El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—Gertruditas, flor del cañaveral, pásame las judías. ¡No me mires así, pícara, que me descompones!

—¡Qué diablo de hombre! —decía la vieja—. ¡Mira tú por dónde le ha dado! ¡Si me hubiese hablado así hace treinta años, perdido!

—¡Ay, hija! —exclamaba él contorsionando los ojos—. ¡No me digas eso, que siento que me sube una cosa por el espinazo!

Los curas se atragantaban con la risa. Ya habían vaciado dos jarras de vino; y el padre Brito se había desabrochado la sotana, dejando ver su gruesa camiseta de lana de A Covilha, en la que la marca de fábrica, bordada en hilo azul, era una cruz sobre un corazón.

Un pobre se acercó hasta la puerta bisbiseando Padrenuestros quejumbrosamente; y mientras Gertrudes le metía en la alforja la mitad de una borona, los curas hablaron de los grupos de mendigos que recorrían las parroquias.

—¡Mucha pobreza por aquí, mucha pobreza! —decía el buen abad—. ¡Dias, tome este pedacito de ala!

—Mucha pobreza, pero también mucha pereza —observó con dureza el padre Natário. Él sabía que en muchas haciendas hacían falta jornaleros, y se veían hombrones, fuertes como pinos, lloriqueando Padrenuestros por las puertas—. ¡Pandilla de haraganes! —concluyó.


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