El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—¡No diga eso, padre Natário, no diga eso! —dijo el abad—. Créame que hay pobreza de verdad. Por aquí hay familias, hombre, mujer y cinco hijos, que duermen en el suelo como cerdos y no comen otra cosa que hierbas.

—¿Y qué diablo querías que comiesen? —exclamó el canónigo Dias chupándose los dedos después de haber descarnado el ala del capón—. ¿Querías que comiesen pavo? ¡A cada uno lo que le corresponde!

El buen abad, arrellanándose, se puso la servilleta sobre el estómago y dijo con ternura:

—La pobreza agrada a Dios Nuestro Señor.

—¡Ay, hijos! —intervino el Libaninho con un tono lloroso—. ¡Si sólo hubiese pobrecitos, esto sería el remito de los cielos!

El padre Amaro consideró con gravedad:

—Es bueno que haya quien tenga recursos para donaciones pías, edificaciones de capillas…

—La propiedad debería estar en manos de la Iglesia —interrumpió Natário con autoridad.

El canónigo Dias eructó con estruendo y añadió:

—Para esplendor del culto y propagación de la fe.

—Pero la gran causa de la miseria —decía Natário con voz pedante— es la gran inmoralidad.


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