El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—¡Ah, de eso no hablemos! —exclamó el abad con disgusto—. En este momento, sólo aquí en la parroquia, ¡hay más de doce muchachitas solteras embarazadas! Pues, señores, si les llamo la atención, si las reprendo, ¡se ponen a hipar de risa!

—Allá en mi zona —dijo el padre Brito—, cuando fue la recogida de la aceituna, como hacen falta brazos, vinieron a trabajar los maltas. ¡Pues ya verás! ¡Qué desafuero! —Contó la historia de los maltas, trabajadores errantes, hombres y mujeres, que andan ofreciendo sus brazos por las haciendas, viven en la promiscuidad y mueren en la miseria—. ¡Había que andar siempre con el bastón encima de ellos!

—¡Ay! —dijo el Libaninho mirando hacia los lados, cogiéndose la cabeza con las manos—. ¡Ay, el pecado que hay por el mundo! ¡Hasta se me ponen los pelos de punta!

¡Pero la parroquia de Santa Catarina era la peor! Las mujeres casadas habían perdido todo el pudor.

—Peores que cabras —decía el padre Natário, aflojando la hebilla del chaleco.

Y el padre Brito comentó un caso de la parroquia de Amor: mocitas de dieciséis y dieciocho años que solían reunirse en un pajar —el pajar del Silvério— y pasaban allí la noche ¡con una cuadrilla de hombres!


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