El crimen del padre Amaro

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Entonces el padre Natário, que ya tenía los ojos brillantes, la lengua suelta, dijo, repantigándose en la silla y espaciando las palabras:

—Yo no sé lo que pasa en tu parroquia, Brito; pero sé alguna cosa, que el ejemplo viene de arriba. A mí me han dicho que tú y la mujer del pedáneo…

—¡Es mentira! —exclamó Brito, poniéndose muy colorado.

—¡Oh, Brito! ¡Oh, Brito! —dijeron a su alrededor, reprendiéndolo con bondad.

—¡Es mentira! —gritó él.

—Y aquí entre nosotros, queridos míos —dijo el canónigo Dias bajando la voz, con los ojillos encendidos de malicia confidencial—, ¡os digo que es una mujer de buenas carnes!

—¡Es mentira! —exclamó Brito. Y de golpe—: Quién anda difundiendo eso es el mayorazgo de A Cumeada, porque el pedáneo no votó por él en las elecciones… ¡Pero tan cierto como que estoy aquí, que le voy a romper los huesos! —Tenía los ojos inyectados, amenazaba con el puño—: ¡Le voy a romper los huesos!

—El caso no es para tanto, hombre —consideró Natário.

—¡Le voy a romper los huesos! ¡No le dejo uno entero!

—¡Ay, cálmate, leoncito! —le dijo el Libaninho con ternura—. ¡No vayas a perderte, hijito!


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