El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Pero recordando la influencia del mayorazgo de A Cumeada, que en aquellos momentos estaba en la oposición y que llevaba doscientos votos a las urnas, los curas hablaron de las elecciones y de sus episodios. Todos allí, salvo el padre Amaro, sabían, como dijo Natário, «cocinar un diputadito». Llegaron las anécdotas; cada uno celebró sus hazañas. El padre Natário, en la última elección, ¡había conseguido ochenta votos!
—¡Cáspita! —dijeron.
—¿Os imagináis cómo? ¡Con un milagro!
—¿¡Con un milagro!? —repitieron sorprendidos.
—Sí, señores. Se había entendido con un predicador y la víspera de la elección se recibieron en la parroquia cartas venidas del cielo y firmadas por la Virgen pidiendo, con promesas de salvación y amenazas del infierno, votos para el candidato del gobierno. De rechupete, ¿eh?
—¡De bandera! —dijeron todos.
Sólo Amaro parecía sorprendido.
—¡Hombre! —dijo el abad con ingenuidad—, eso es lo que necesitaba yo aquí. Yo aún ahora tengo que andar por ahí fatigándome de puerta en puerta. —Y sonriendo bondadosamente—: ¡Con lo que se consigue aún alguna cosita es con la bajada de la congrua!