El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Decidió entonces ir a hablar con el canónigo Dias: su naturaleza débil siempre necesitaba recibir fuerzas de una razón, de una experiencia ajena. Solía consultar habitualmente al canónigo, a quien, por costumbre de la disciplina eclesiástica, juzgaba más inteligente por ser su superior en la jerarquía; y no había perdido desde el seminario su dependencia de discípulo. Además, si quisiese hacerse con una casa y una criada para vivir solo, necesitaba el auxilio del canónigo, que conocía Leiría como si la hubiese edificado.

Lo encontró en el comedor. La lamparilla de aceite moría con una llama rojiza. Los tizones del brasero, cubiertos por una capa de ceniza pulverizada, parecían reavivarse vagamente. Y el canónigo, sentado en una butaca, con el abrigo sobre los hombros, los píes envueltos en una manta, amodorrado al calor de la lumbre, con el breviario sobre las rodillas, dormitaba. En los pliegues de la manta, Trigueira, tumbada, dormitaba como él.

Al oír los pasos de Amaro, el canónigo abrió los ojos muy despacio, murmuró:

—¡Vaya, me estaba quedando dormido!

—Es temprano —dijo el padre Amaro—. Aún no es hora de recogerse. ¿Qué pereza es ésa?

—¡Ah! Es usted —dijo el canónigo en medio de un enorme bostezo—. Llegué tarde de casa del abad, tomé una gota de té, me vino la modorra… ¿Y usted? ¿Qué ha hecho?


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