El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Pasaba por aquí.
—Pues qué excelente comida nos dio el abad. ¡La cabidela estaba inmejorable! Yo me cargué un poco de más —dijo el canónigo tamborileando con los dedos en la tapa del breviario.
Amaro, sentado a su lado, removía las brasas lentamente:
—¿Sabe, profesor? —dijo de pronto. Iba a añadir: «¡Me ha pasado una cosa!», pero se contuvo, murmuró—: Estoy raro hoy; últimamente he andado algo descompuesto…
—Es cierto, está usted pálido —dijo el canónigo, observándolo—. ¡Púrguese, hombre!
Amaro permaneció callado un momento, mirando al fuego.
—¿Sabe? Estoy con la idea de cambiarme de casa.
El canónigo levantó la cabeza, abrió los ojitos somnolientos:
—¡Cambiarse de casa! ¡Ahora ésa! ¿Por qué?
El padre Amaro acercó su silla a la de él, y en voz baja:
—Usted ya me entiende… He estado pensando, es un poco extraño estar en una casa con dos mujeres, con una jovencita…
—¡Historias! ¿Qué me dice? Usted es un huésped… ¡Déjese de eso, hombre! Es como quien está en una pensión.