El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —No, no, profesor, yo me entiendo…
Y suspiró; deseaba que el canónigo lo interrogase, que le facilitase las confidencias.
—¿Así que hoy se le ha dado por pensar en eso, Amaro?
—Es verdad, hoy he estado pensando en eso. Tengo mis razones.
Iba a decir: «He hecho una locura», pero se acobardó.
El canónigo lo miró:
—¡Vamos, hombre, sea franco!
—Lo soy.
—¿Le parece caro aquello?
—¡No! —dijo el otro con una negativa impaciente.
—Bueno, entonces es otra cosa…
—Sí. ¿Qué quiere que le haga? —Y con un tono pícaro que pensó agradaría al canónigo—: A la gente también le gusta lo bueno…
—Bien, bien —dijo el canónigo riendo—, ya entiendo. Usted, como yo soy amigo de la casa, quiere decirme de buenos modos que aquello está todo hecho un asco.
—¡Qué tontería! —dijo Amaro poniéndose en pie, irritado por tanta torpeza.