El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¡Bueno, hombre! —exclamó el canónigo abriendo los brazos—. ¿Quiere usted marcharse de la casa? ¡Por algún motivo será! Ahora, a mà me parece que mejor que allÃ…
—Es verdad, es verdad —decÃa Amaro, paseando a grandes zancadas por la sala—. ¡Pero se me ha metido en la cabeza! Mire usted, si me consigue una casita barata con algunos muebles… Usted entiende más de estas cosas…
El canónigo se quedó callado, muy hundido en su butaca, rascándose el mentón pausadamente.
—Una casita barata —murmuró por fin—. Veré, veré…, tal vez.
—Usted ya me entiende —intervino vivamente Amaro, acercándose al canónigo—. La casa de la Sanjoaneira…
Pero chirrió la puerta, entró doña Josefa Dias; y después de comentar la comida del abad, el catarro de la pobre doña MarÃa da Assunção, la dolencia del hÃgado que iba minando al simpático canónigo Sanches, Amaro se fue, casi contento ahora por no «haberse desahogado con el profesor».