El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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El canónigo permaneció todavía junto al fuego, pensando. Aquella resolución de Amaro de dejar la casa de la Sanjoaneira era bienvenida: cuando él lo había llevado como huésped a la Rua da Misericórdia, había acordado con la Sanjoaneira la disminución de la mensualidad que desde hacía años le entregaba, regularmente, cada día 30. Pero pronto se arrepintió: la Sanjoaneira, si no tenía huésped, dormía sola en el primer piso. El canónigo podía entonces saborear libremente las ternuras de su viejota. Y Amélia, arriba en su habitación, era ajena a este «arreglito». Cuando llegó el padre Amaro, la Sanjoaneira le cedió la habitación y empezó a dormir en una cama de hierro junto a su hija: y el canónigo entonces se dio cuenta, como decía, desconsolado, de que «aquel cambio lo había estropeado todo». Para disfrutar de las dulzuras de la siesta con su Sanjoaneira era necesario que Amélia comiese fuera, que la Ruça hubiese ido a la fuente y otras combinaciones inoportunas; y él, canónigo del cabildo, en la egoísta vejez, cuando necesitaba miramientos con su salud, se veía obligado a esperar, a acechar, a soportar en sus placeres regulares e higiénicos las dificultades de un colegial enamorado de la señora profesora. Pero si Amaro se fuese, la Sanjoaneira bajaría a su habitación del primer piso; volverían las viejas comodidades, las siestas tranquilas. Sin duda, tendría que volver a dar la mensualidad anterior. —¡Pues la daría!


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