El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—¡Oh, Virgen de los Dolores, madrina mía! ¿Por qué no viene, por qué no viene?

Durante los primeros días después de su marcha, ¡toda la casa le pareció deshabitada y sombría! Cuando vio en su habitación los cajones sin su ropa, la cómoda sin sus libros, se echó a llorar. Besó la almohadita sobre la que él dormía, ¡se llevó al pecho, en un delirio, la última toalla con la que había secado sus manos! Tenía su rostro siempre presente, aparecía siempre en sus sueños. Y con la separación su amor ardía más fuerte y más alto, como una hoguera que se aísla.

Una tarde que había ido a visitar al hospital a una prima enfermera, vio al llegar al puente gente parada, pasando divertida ante una joven con peluca ladeada y garibaldi rojo que, puño en alto, ya ronca, vociferaba contra un soldado: el mocetón, un beirense de cara redonda y estúpida recubierta de pelusa rubia, le daba la espalda, encogiéndose de hombros, con las manos muy metidas en los bolsillos, diciendo:

—No le he hecho nada, no le he hecho nada…

El señor Vasquez, que tenía una tienda de paños en la arcada, se había parado a ver, enfadado por aquella «falta de orden público».

—¿Algún barullo? —le preguntó Amélia.


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