El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—Debemos tener cuidado… No me mire tanto, ni se ponga tan cerca de mi… Ya hay quien se ha dado cuenta.

Amaro retrocedió en su silla hasta colocarse junto a doña Maria da Assunção; y a pesar de la recomendación de Amélia, sus ojos no se despegaban de ella, en una interrogación muda y ansiosa, temeroso de que las sospechas de la madre o la maldad de las viejas «estuviesen armando escándalo». Después del té, en medio del rumor de las sillas que se acomodaban para la partida de lotería, le preguntó rápidamente:

—¿Quién se ha dado cuenta?

—Nadie. Soy yo, que tengo miedo. Es preciso disimular.

Desde aquel momento cesaron las miraditas dulces, las sillas pegaditas, los secretos; y experimentaban un placer picante afectando frialdad en los modales y teniendo la certeza vanidosa de la pasión que los inflamaba. Para Amélia era delicioso —mientras el padre Amaro, distante, enredaba con las señoras— adorar su figura, su voz, sus bromas, al tiempo que su mirada se aplicaba castamente en las chinelas de João Eduardo, cuyo bordado, muy astutamente, había reiniciado.


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