El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Pero el escribiente todavía vivía inquieto: se amargaba al encontrar al párroco allí instalado todas las noches, con el rostro próspero, las piernas cruzadas, disfrutando de la veneración de las viejas. «Si, Améliazinha ahora se porta bien, y me es fiel, me es fiel…»: pero él sabía que el párroco la deseaba, la «acosaba»; y a pesar del juramento por su salvación, de la seguridad de que no había nada, temía que ella fuese lentamente penetrada por aquella admiración necia de las viejas, para quienes el señor párroco era «un ángel»: sólo estaría satisfecho arrancando a Amélia —una vez empleado en el Gobierno Civil— de aquella casa beata; pero esa satisfacción tardaba en llegar. Y cada noche salía de la Rua da Misericórdia más enamorado, con la vida destrozada por los celos, odiando a los curas, sin coraje para desistir. Entonces se echaba a andar por las calles hasta muy tarde; algunas veces todavía regresaba para ver las ventanas cerradas de la casa; después iba hasta la alameda, a la orilla del río, pero el frío susurro de los árboles sobre el agua negra lo entristecía más; se acercaba entonces al billar, miraba durante unos instantes las carambolas de los jugadores, al marcador, muy despeinado, que bostezaba apoyado al reste. El olor a petróleo malo lo sofocaba. Salía; y se dirigía, despacio, a la redacción de la Voz do Distrito.