El crimen del padre Amaro

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—Pues entonces la cosa es beber a su salud, beberle bien, que eso es lo que hace marchar el negocio —dijo el tío Osõrio tranquilamente, trasladando su obesidad fuera del cubículo.

—¡Elefante! —rezongó el tipógrafo, chasqueado por aquella indiferencia hacia la fraternidad de los pueblos. ¿Qué se podía esperar, por lo demás, de un propietario, de un agente electoral?

Tarareó la Marsellesa, llenando los vasos desde lo alto, y quiso saber qué había hecho el amigo João Eduardo… ¿Ya no iba por el Distrito? El «Raquítico» le había dicho que no había quien lo sacase de la Rua da Misericórdia…

—¿Y cuándo es esa boda, por fin?

João Eduardo se puso colorado, dijo vagamente:

—Nada decidido… Ha habido dificultades. —Y agregó con una sonrisa desconsolada—: Nos hemos enfadado.

—¡Tonterías! —soltó el tipógrafo con un movimiento de hombros que expresaba un desdén revolucionario por las frivolidades del sentimiento.

—Tonterías… No sé si son tonterías —dijo João Eduardo—. Lo que si sé es que dan disgustos… Destrozan a un hombre, Gustavo.

Se calló, mordiéndose el labio para recalcar la emoción que lo turbaba.


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