El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Pero al tipógrafo le parecían ridículas todas esas historias de mujeres. Los tiempos no estaban para amores… El hombre del pueblo, el obrero que se agarraba a unas faldas para no despegarse, era un inútil… ¡Era un vendido! No era en amoríos en lo que había que pensar, sino en darle la libertad al pueblo, en liberar el trabajo de las garras del capital, en acabar con los monopolios, ¡en trabajar para la República!

No se necesitaban lamentos, se necesitaba acción. ¡Se necesitaba la fuerza! Y cargaba furiosamente la r de la palabra —¡la fuerrrza!— agitando sus delgadísimas muñecas de tísico sobre el gran plato de hígado frito que había traído el mozo.

João Eduardo, escuchándolo, se acordaba del tiempo en que el tipógrafo, loco por Julia la panadera, andaba continuamente con los ojos rojos como brasas y atronaba la tipografía con suspiros que metían miedo. A cada «¡ay!», los compañeros, burlándose, soltaban una tosecita de garganta. Incluso un día Gustavo y Medeiros se habían dado de puñetazos en el patio…

—¡Mira quién habla! —dijo por fin—. Eres como los demás… Estás ahí hablando y cuando te llega eres como los demás.


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