El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Entonces el tipógrafo —que, desde que en Lisboa había frecuentado un Club Democrático en Alcántara y ayudado a redactar un manifiesto a los hermanos cigarreros en huelga, se consideraba exclusivamente dedicado al servicio del proletariado y de la República— se escandalizó. —¿Él? ¿Él como los demás? ¿Perder su tiempo en faldas?…
—¡Está usted muy equivocado!
Y se recogió en un silencio fastidiado, cortando con furia el hígado frito.
João Eduardo temió haberlo ofendido.
—Bueno, Gustavo, seamos razonables. Un hombre puede tener sus principios, trabajar por su causa, y además casarse, buscar su rinconcito, tener una familia.
—¡Nunca! —exclamó el tipógrafo, exaltado—. ¡El hombre que se casa está perdido! A partir de ahí es sólo ganarse el cocido, no moverse del agujero, no tener un momento para los amigos, pasear de noche a los mocosos cuando berrean por los dientes… ¡Es un inútil! ¡Es un vendido! Las mujeres no entienden nada de política. Tienen miedo de que el hombre se meta en barullos, de que tenga líos con la policía… ¡Un patriota queda atado de pies y manos! ¿Y cuando hay que guardar un secreto? ¡El hombre casado no puede guardar secretos!… Y en eso, a veces, queda una revolución comprometida… ¡Carretera para la familia! ¡Otra de aceitunas, tío Osõrio!