El crimen del padre Amaro

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La panza del tío Osõrio apareció entre los tabiques:

—Pero ¿qué están ustedes discutiendo, que parece que hubiesen entrado los de A Maia en el consejo de distrito?

Gustavo se recostó contra el respaldo del banco, con la pierna estirada, y lo interpeló en voz alta:

—Nos lo va a decir el tío Osõrio. Díganos, amigo. ¿Sería usted capaz de cambiar sus opiniones políticas para hacer la voluntad de su patrona?

El tío Osõrio se acarició la cerviz y dijo con tono astuto:

—Le diré, señor Gustavo. Las mujeres son más listas que nosotros… Y en política, como en los negocios, quien haga lo que ellas dicen va por lo seguro… Yo siempre consulto con la mía, si quiere que le diga la verdad, ya desde hace veinte años, y no me ha ido mal.

Gustavo saltó en el banco:

—¡Usted es un vendido! —gritó.

El tío Osõrio, acostumbrado a aquella expresión querida del tipógrafo, no se escandalizó; incluso bromeó, con su amor a las buenas réplicas:

—Vendido no sé, pero vendedor para lo que usted quiera… Pues es lo que le digo, señor Gustavo. Usted se casará y después ya nos contará.


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