El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Y se repantigó, extenuado por haber hablado tanto. El padre Amaro permanecía callado, con el codo sobre la mesa, acariciándose despacio la cabeza. Iba a lanzar su idea, como venida por una inspiración divina, proponer que fuese Amélia quien llevase una educación devota a la pobre paralítica… Y vacilaba supersticiosamente ante su motivación completamente carnal, únicamente concupiscente. Le parecía ahora, exageradamente, que la hija del campanero vivía hundida en una tiniebla de sufrimiento. Se percataba de toda la caridad que habría en consolarla, entretenerla, hacerle los días menos amargos… Esta acción redimiría verdaderamente muchas culpas, encantaría a Dios, ¡si fuese hecha por un puro espíritu de fraternidad cristiana! Lo asaltaba una compasión sentimental de buen muchacho por aquel miserable cuerpo clavado a una cama, que no veía nunca el sol ni la calle… Y allí estaba, confundido por aquella piedad que lo invadía, sin decidirse, acariciándose la nuca, casi arrepentido de haberle hablado de la Totó a las señoras…

Pero doña Joaquina Gansoso había tenido una idea:

—Oiga, señor padre Amaro, ¿y si se le mandase aquel libro con ilustraciones de las vidas de los santos? Eran ilustraciones que edificaban. A mí me llegaban al alma… ¿No lo tienes tú, Amélia?


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