El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—No, señoras, no es con libros como se ayuda a la chiquilla… ¿Saben qué idea se me ha ocurrido? ¡Debe ser uno de nosotros, el que menos ocupado esté, el que le lleve la palabra de Dios y eduque aquella alma! —y añadió sonriendo—: Y a decir verdad, la persona más desocupada entre todos nosotros es la señorita Amélia…

¡Fue una sorpresa! Les pareció la propia voluntad de Dios llegada mediante una revelación. Los ojos de las mujeres se encendieron en una excitación devota ante la idea de aquella misión de caridad que partía de ellas, de la Rua da Misericórdia… ¡Se excitaban, disfrutando golosamente, por anticipado, de los elogios del señor chantre y del cabildo! Cada una hacía su recomendación, ansiosas de participar en la santa obra, de compartir las recompensas que el cielo con seguridad prodigaría. Doña Joaquina Gansoso declaró con ardor que envidiaba a Amélia; y le chocó mucho verla echarse a reír de repente.

—¿Crees que no lo haría con la misma entrega? Ya estás con el orgullo de la buena acción… ¡Mira que así no te es de provecho!

Pero Amélia continuaba sumida en una risa nerviosa, echada hacia atrás en la silla, sofocándose al intentar contenerse.

Los ojillos de doña Joaquina llameaban.

—¡Es indecente, es indecente! —gritaba.


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