El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro La calmaron: Amélia tuvo que jurarle por los Santos Evangelios que se le había ocurrido una idea extravagante, que era nervioso…
—Ay —dijo doña Maria da Assunção—, tiene razón en enorgullecerse ¡Es un honor para la casa! Sabiéndose…
El párroco interrumpió con severidad:
—¡Pero no debe saberse, doña Maria da Assunção! ¿De qué sirve a los ojos del Señor una buena obra hecha para alardear y vanagloriarse?
Doña Maria inclinó los hombros, humillándose ante la reprensión. Y Amaro, con gravedad:
—Esto no debe salir de aquí. Es algo entre Dios y nosotros. Queremos salvar un alma, consolar a una enferma, y no que nos elogien en los periódicos. ¿No es así, profesor?
El canónigo se incorporó pesadamente:
—Está usted esta noche hablando con la lengua de oro de san Crisóstomo. Me siento edificado. Y no me sorprendería ahora ver aparecer las tostadas.
Fue entonces, mientras la Ruça no traía el té, cuando se decidió que todas las semanas Amélia, una o dos veces, según fuese su devoción, iría en secreto, para que la acción fuese más valiosa a los ojos de Dios, a pasar una hora a la cabecera de la paralítica, a leerle la Vida dos santos, a enseñarle oraciones y a insuflarle la virtud.