El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Y al mismo tiempo le martilleaba los oídos con la glorificación del sacerdocio. Desplegaba con pompa la erudición de sus viejos compendios, haciéndole el elogio de las atribuciones, de la superioridad del cura. En Egipto, gran nación de la antigüedad, ¡un hombre sólo podía ser rey si era sacerdote! En Persia, en Etiopía, un simple cura tenía el privilegio de destronar a los reyes, ¡de disponer de las coronas! ¿Dónde había una autoridad igual a la suya? Ni siquiera en la corte celestial. El cura era superior a los ángeles y a los serafines… ¡porque a ellos no les había sido concedido, como al cura, el poder maravilloso de perdonar los pecados! La propia Virgen María, ¿tenía un poder mayor que él, que el padre Amaro? No; con todo el respeto debido a la majestad de Nuestra Señora, él podía decir con san Bernardino de Siena: «El sacerdote te excede, ¡oh madre amada!». Porque, si la Virgen había encarnado a Dios en su castísimo seno, lo había hecho sólo una vez, y el cura, en el santo sacrificio de la misa, ¡encarnaba a Dios todos los días! Y esto no era una argucia suya, todos los santos padres lo admitían…
—¿Eh? ¿Qué te parece?
—¡Oh, querido! —musitaba ella, pasmada, desfallecida de voluptuosidad.