El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Entonces la deslumbraba con citas venerables: san Clemente, que llamó al cura «el Dios de la Tierra»; el elocuente san Crisóstomo, que dijo que «el sacerdote es el embajador que viene a darnos las órdenes de Dios». Y san Ambrosio, que escribió: «Entre la dignidad del rey y la dignidad del sacerdote ¡hay mayor diferencia de la que existe entre el plomo y el oro!».
—Y el oro es aquí el señorito —decía Amaro dándose palmaditas en el pecho—. ¿Qué te parece?
Ella se arrojaba en sus brazos, con besos voraces, como queriendo tocar, poseer en él el «oro de san Ambrosio», el «embajador de Dios», todo lo que en la tierra había de más elevado y noble, ¡el ser que supera en gracia a los arcángeles!
Era este poder divino del cura, esta familiaridad con Dios, tanto o más que la influencia de su voz, lo que la hacían creer en la promesa que él le repetía siempre: que ser amada por un cura atraería sobre ella el interés, la amistad de Dios; que, después de muerta, dos ángeles irían a cogerla de la mano para acompañarla y deshacer todas las dudas que pudiese tener san Pedro, llavero del cielo; y que en su sepultura, como le había ocurrido en Francia a una muchachita amada por un cura, nacerían espontáneamente rosas blancas, como prueba celestial de que la virginidad no se daña entre los abrazos santos de un cura.