El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Esto le encantaba. Ante aquella idea de su tumba perfumada por rosas blancas, se quedaba toda pensativa, degustando anticipadamente felicidades místicas, con suspiritos de gozo. Aseguraba, poniendo morritos, que quería morirse.
Amaro se burlaba:
—Hablar de muerte con estas carnecitas…
Había engordado, en efecto. Tenía ahora una belleza grande y proporcionada. Había perdido aquella expresión inquieta que le ponía en los labios un deje acre y que le afilaba la nariz. En sus labios había un rojo caliente y húmedo; su mirada reía bajo un fluido sereno; toda su persona tenía una apariencia madura de fecundidad. Se había vuelto perezosa: en casa, suspendía el trabajo a cada momento, se quedaba mirando a lo lejos con una sonrisa muda y fija; y todo parecía quedar adormecido por un instante, la aguja, el pañuelo que cosía, toda su persona… Estaba viendo otra vez la habitación del campanero, el catre, el señor párroco en mangas de camisa.