El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Pasaba los días esperando que diesen las ocho, la hora a la que él aparecía puntualmente con el canónigo. Pero ahora las veladas se le hacían pesadas. Él le había aconsejado mucha reserva; ella la exageraba, por un exceso de obediencia, hasta el punto de no sentarse nunca a su lado en el té y de ni siquiera ofrecerle pasteles. Entonces odiaba la presencia de las viejas, el vocerío, el aburrimiento de la lotería: todo le parecía intolerable en el mundo, excepto estar a solas con él… Pero después, en casa del campanero, ¡cómo se desquitaba! Aquel rostro excitado, aquellos jadeos de delirio, aquellos ayes agonizantes y después la inmovilidad de la muerte asustaban a veces al cura. Se alzaba sobre su codo, inquieto:
—¿Estás enfadada?
Ella abría los ojos asombrada, como volviendo de muy lejos; y estaba verdaderamente hermosa, cruzando los brazos desnudos sobre el pecho descubierto, diciendo lentamente con la cabeza que no…