El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Pero, por remordimiento, siempre la iban a ver un instante cuando llegaban. No pasaban de la puerta de la alcoba, preguntándole en voz alta «cómo iba». Nunca respondía. Y ellos se marchaban enseguida, asustados por aquellos ojos salvajes y brillantes que los devoraban, yendo de uno a otro, recorriéndoles el cuerpo, fijándose con un destello metálico en los vestidos de Amélia y en la sotana del cura, como intentando adivinar lo que había debajo, con una curiosidad ávida que le dilataba locamente las aletas de la nariz y le agrietaba los labios descoloridos. Pero era la mudez, obstinada y rencorosa lo que más los molestaba. Amaro, que no creía mucho en poseídos y endemoniados, veía allí los síntomas de la «locura furiosa». Los miedos de Amélia aumentaron. ¡Menos mal que las piernas inertes habían clavado a la Totó en el catre! Si no, Jesús, ¡era capaz de entrar en la habitación y morderlos en un arrebato!
Le dijo a Amaro que ni siquiera le sabía bien el placer de la mañana «después de aquel espectáculo»; y decidió entonces, de allí en adelante, subir a la habitación sin hablar con la Totó.