El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Fue peor, Cuando la veía cruzar desde la puerta de la calle hasta la escalera, la Totó se abalanzaba fuera del lecho, agarrada a los bordes del catre, en un esfuerzo ansioso por seguirla, por verla, con la cara totalmente descompuesta, desesperada por su inmovilidad. Y Amélia, al entrar en la habitación, oía llegar desde a bajo una risita ácida, o un «¡Uy!» prolongado y aullado que la helaba…
Andaba aterrorizada: se le había ocurrido la idea de que Dios había instalado allí, al lado de su amor con el párroco, un demonio implacable para escarnecerla y ridiculizaría. Amaro, intentando tranquilizarla, le decía que nuestro santo padre Pío IX, recientemente, había declarado pecado creer en «personas posesas»…
—Entonces ¿por qué hay rezos y exorcismos?
—Eso es de la religión vieja. Ahora va a cambiarse todo eso… En fin, la ciencia es la ciencia…
Ella intuía que Amaro le mentía. Y la Totó estropeaba su felicidad. Finalmente Amaro halló el medio de escapar de «la maldita chiquilla»: consistía en que entrasen los dos por la sacristía: sólo tenían que atravesar la cocina parta subir la escalera, y la posición de la cama de la Totó no le permitiría verlos cuando ellos pasasen, cautelosamente, un pie delante del otro. Era fácil, además, porque a la hora del rendez-vous, entre las once y el mediodía, en los días laborables, la sacristía estaba desierta.