El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Pero sucedía que, cuando ellos entraban de puntillas y mordiendo la respiración, sus pasos, por más sutiles que fuesen, hacían rechinar los viejos peldaños de la escalera. Y entonces la voz de la Totó salía de la alcoba, una voz ronca y áspera, gritando:
—¡Fuera, perro! ¡Fuera, perro!
A Amaro le entraba un deseo furioso de estrangular a la paralítica. Amélia temblaba, toda pálida.
Y la criatura aullaba desde dentro:
—¡Ahí van los perros, ahí van los perros!
Ellos se refugiaban en la habitación, encerrándose por dentro. Pero aquella voz de una desolación lúgubre, que les parecía venir de los infiernos, todavía les llegaba, los perseguía:
—¡Están montándose los perros! ¡Están montándose los perros!
Amélia caía sobre el catre, casi desmayada de terror. Juraba no volver a aquella casa maldita…
—Pero ¿qué diablos quieres? —le decía el cura, furioso—. ¿Dónde vamos a vernos entonces? ¿Quieres que nos acostemos en los bancos de la sacristía?
—Pero ¿qué le he hecho yo? ¿Qué le he hecho? —exclamaba Amélia, apretándose las manos.
—¡Nada! Está loca… Y el pobre tío Esguelhas, menudo disgusto… En fin, ¿qué quieres que le haga?