El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Se calló un momento, mirando al canónigo, que en silencio taponaba su nariz con rapé, y continuó en tono más bajo, con la mirada viva y perspicaz:
—Y, además, ¿no ha notado usted que es una cosa que sólo les pasa a las mujeres? Sólo a ellas, cuya malicia es tan grande que ni el propio Salomón se les pudo resistir, cuyo temperamento es tan nervioso, tan contradictorio, que los médicos no las comprenden. ¡Sólo a ellas les ocurren milagros!… ¿Ha oído usted que se le apareciese la Virgen a algún notario respetable? ¿Sabe de algún digno magistrado poseído por el espíritu maligno? No. Esto hace reflexionar… Y yo concluyo que es malicia de ellas, ilusión, imaginación, enfermedad, etcétera. ¿No le parece? Mi norma en estos casos es ver todo eso a distancia y con mucha indiferencia.
Pero el canónigo, que vigilaba la puerta, blandió súbitamente el quitasol, dirigiéndose hacia el Largo:
—¡Pst, pst! ¡Eh!
Era Amélia quien pasaba. Se detuvo, contrariada por aquel encuentro que aún la iba a retrasar más. Y el señor párroco debía de estar ya desesperado…
—Así que —dijo el canónigo en la puerta, abriendo su quitasol— usted, abad, cuando le huele a milagro…
—Enseguida sospecho escándalo.