El crimen del padre Amaro

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El canónigo lo contempló durante un momento, con respeto:

—Usted, Ferrão, ¡es capaz de enmendar a Salomón en prudencia!

—¡Oh, colega, oh, colega! —exclamó el abad, ofendido por aquella injusticia hecha a la incomparable sabiduría de Salomón.

—¡Al mismísimo Salomón! —afirmó todavía el canónigo desde la calle.

Había preparado una historia hábil para justificar su visita a la paralítica; pero durante su conversación con el abad se le había olvidado, como todo lo que dejaba un momento en los depósitos de la memoria; y, sin transición, simplemente le dijo a Amélia:

—¡Vamos allá, también quiero ver yo a esa Totó!

Amélia quedó petrificada. ¡Y el señor párroco, naturalmente, estaba allí! Pero su madrina, Nuestra Señora de los Dolores, a quien invocó inmediatamente en aquella congoja, no la dejó abandonada en el apuro. Y el canónigo, que caminaba a su lado, se quedó sorprendido cuando la oyó decir con una risita:

—¡Qué bien, hoy es el día de las visitas a la Totó! El señor párroco me dijo que quizá apareciese también hoy por allí… Hasta puede que ya esté allí.


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