El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—¡Ah! ¿También el amigo párroco? Está bien, está bien. ¡Le haremos un examen a la Totó!

Entonces Amélia, satisfecha de su malicia, parloteó sobre la Totó. Ya vería el señor canónigo… Era una criatura incomprensible… Últimamente, no había querido contarlo en casa, pero la Totó le había cogido rabia… Y decía unas cosas, ¡tenía una manera de hablar de perros, de animales, que daba miedo!… Ay, era una misión que ya se le hacia dura… Que la chiquilla no le atendía las lecciones, ni las oraciones, ni los consejos… ¡Era una fiera!

—¡El olor es desagradable! —murmuró el canónigo al entrar.

¡Qué quería! La muchacha era una puerca, no iba a estar arreglada. El padre también era un abandonado…

—Es aquí, señor canónigo —dijo, abriendo la puerta de la alcoba que ahora, obedeciendo las órdenes del párroco, el tío Esguelhas dejaba siempre cerrada.

Encontraron a la Totó medio incorporada sobre la cama, con la cara encendida por la curiosidad ante aquella voz desconocida del canónigo.

—¡Anda, si está aquí la señorita Totó! —dijo él desde la puerta, sin acercarse.


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