El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Venga, saluda al señor canónigo —dijo Amélia, empezando a recomponerle la ropa de la cama, a ordenar la habitación, con una caridad desacostumbrada—. Dile cómo estás… ¡No te hagas la muda!
Pero la Totó permaneció tan muda como la imagen de san Benito que tenía a la cabecera, examinando mucho a aquel sacerdote tan gordo, tan canoso, tan distinto del señor párroco. Y sus ojos, cada día más brillantes a medida que se le hundían las mejillas, iban, como de costumbre, del hombre hacia Amélia, ansiosos de entender por qué lo llevaba allí, a aquel viejo obeso, y si también iba a subir con él a la habitación.
Amélia ahora temblaba. Si el señor párroco entrase, y allí, delante del canónigo, la Totó, llevada por su locura, empezase a gritar ¡llamándoles perros!… Con el pretexto de limpiar un poco fue a la cocina a vigilar el patio. Haría una señal desde la ventana cuando viese a Amaro.
Y el canónigo, solo en la alcoba de la Totó, disponiéndose a iniciar sus observaciones, iba a preguntarle cuántas eran las personas de la Santísima Trinidad, cuando ella, avanzando la cara, le dijo con una voz leve como un soplo:
—¿Y el otro?
El canónigo no comprendió. ¡Que hablase más alto! ¿Qué decía?
—¡El otro, el que viene con ella!