El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro El canónigo se acercó, con la oreja dilatada por la curiosidad.
—¿Qué otro?
—El bonito. El que va con ella a la habitación. El que la pellizca…
Pero entraba Amélia; y la paralítica se calló, descansada, con los ojos cerrados y respirando rítmicamente, como aliviada de golpe de todo su sufrimiento. El canónigo, paralizado por el asombro, permanecía en la misma postura, doblado sobre la cama como para auscultar a la Totó. Finalmente se puso en pie, resoplando como en una calma de agosto, inspiró con lentitud una gran pulgarada; y se quedó con la caja abierta entre los dedos, con los ojos muy rojos clavados en la colcha de la Totó.
—Entonces, señor canónigo, ¿qué le parece mi enferma? —preguntó Amélia.
Él respondió, sin mirarla:
—Sí señor, muy bien… Va bien… Es rarita… Pues hay que seguir, hay que seguir… Adiós…
Salió, farfullando que tenía que hacer. Y volvió inmediatamente a la botica.
—¡Un vaso de agua! —exclamó, cayendo de golpe sobre la silla.
Carlos, que ya estaba de vuelta, se dio prisa, ofreciéndole agua de azahar, preguntando si Su Excelencia se encontraba mal…