El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—Cansadote —dijo.

Cogió el Popular de encima de la mesa y allí se quedó, sin moverse, absorto en las columnas del periódico. Carlos intentó hablar de la política nacional, después de los asuntos de España, después de los peligros revolucionarios que amenazaban a la sociedad, después de las deficiencias de la administración municipal, de la que era ahora un adversario feroz… Inútil. Su Excelencia gruñía apenas monosílabos sombríos. Y Carlos acabó retirándose a un silencio contrariado, comparando, con un desdén interior que le arrugaba de sarcasmo las comisuras de los labios, la obtusidad taciturna de aquel sacerdote con la palabra inspirada de un Lacordaire o de un Malhão. Por eso en Leiría, en todo Portugal, el materialismo levantaba su cabeza de hidra…

Daba la una en la torre cuando el canónigo, que vigilaba el Largo de reojo, al ver pasar a Amélia, dejó el periódico, salió de la botica sin decir una palabra y apuró su paso de obeso hacia la casa del tío Esguelhas. La Totó se estremeció de miedo al ver aparecer de nuevo en la puerta de la alcoba aquella figura gordinflona. Pero el canónigo le sonrió, la llamó Totozinha, le prometió un pinto para pasteles; y hasta se sentó a los pies de la cama con un «¡Ah!» contento, diciendo:


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