El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Ahora vamos a hablar nosotros, amiguita… Ésta es la piernita enferma, ¿eh? ¡Pobrecita! No te preocupes, que te vas a curar… Se lo voy a pedir yo a Dios… Tú déjalo de mi cuenta.
Ella iba de la palidez al rubor, miraba aquí y allí, inquieta, turbada por la presencia de aquel hombre a solas con ella, tan cerca que notaba su aliento fuerte.
—Escucha —dijo él, acercándose aún más a ella, haciendo rechinar el catre con su peso—. Escucha, ¿quién es el otro? ¿Quién es el que viene con Amélia?
Ella respondió inmediatamente, soltando todas las palabras de golpe:
—¡Es el bonito, el delgado, vienen los dos, suben a la habitación, se encierran por dentro, son como perros!
Los ojos del canónigo se salían de sus órbitas.
—Pero ¿quién es él, cómo se llama? ¿Qué te dice tu padre?
—¡Es el otro, es el párroco, el Amaro! —dijo ella impaciente.
—Y van a la habitación, ¿eh? ¿A la de arriba? ¿Y tú qué oyes, qué oyes? ¡Cuéntamelo todo, pequeña, cuéntamelo todo!