El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro La paralítica le contó entonces, con una rabia que ponía tonos sibilantes en su voz de tísica, cómo entraban e iban a verla, y se restregaban el uno contra el otro, y se marchaban a la habitación de arriba, y estaban allí una hora encerrados…
Pero el canónigo, con una curiosidad lúbrica que le ponía una llama en los ojos mortecinos, quería saber los detalles.
—Y escucha, Totozinha, ¿tú qué oyes? ¿Oyes rechinar la cama?
Ella respondió con la cabeza afirmativamente, muy pálida, con los dientes apretados.
—Y mira, Totozinha, ¿los has visto besarse, abrazarse? Anda, cuéntame, que te doy dos pintos.
Ella no despegaba los labios, y su rostro alterado le parecía salvaje al canónigo.
—Tú le tienes rabia a ella, ¿verdad?
Ella dijo que sí con una feroz afirmación de la cabeza.
—¿Y los has visto pellizcarse?
—¡Son como perros! —soltó ella entre dientes.
Entonces el canónigo se enderezó, bufó otra vez con su gran resoplido de canícula, y se rascó vivamente la tonsura.