El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Bueno —dijo, levantándose—. Adiós, pequeña… Cuidate. No te resfríes… —Salió; y al cerrar con fuerza la puerta, exclamó en voz bien alta:
—¡Esto es la infamia de las infamias! ¡Yo lo mato! ¡Yo me pierdo!
Estuvo un momento pensando y salió para la Rua das Sousas, con el quitasol en ristre, espoleando su obesidad, con el rostro apopléjico de ira. Pero en el Largo de la Catedral se detuvo todavía a reflexionar, y girando sobre sus talones, entró en la iglesia. Iba tan arrebatado que, olvidando un hábito de cuarenta años, no hizo la genuflexión ante el Santísimo. Y se abalanzó hacia la sacristía justamente cuando el padre Amaro salía, poniéndose cuidadosamente los guantes negros que ahora usaba siempre para agradar a Améliazinha.
El aspecto desencajado del canónigo lo sorprendió:
—¿Qué pasa, profesor?
—¿Qué pasa? —exclamó el canónigo de golpe—. ¡Es la golfería de las golferías! ¡Es su infamia! ¡Es su infamia!
Y enmudeció, sofocado de cólera.
Amaro, que se había puesto muy pálido, balbució:
—¿Qué dice, profesor?
El canónigo tomó aliento.