El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¡Ni profesor ni nada! ¡Ha descarriado usted a la chica! ¡Eso sà que es una canallada maestra!
El padre Amaro entonces arrugó el ceño, como si no entendiese una gracia.
—¿Qué chica? ¿Está usted de broma?
Incluso sonrió, afectando seguridad; y sus labios blancos temblaban.
—¡Lo he visto, hombre! —gritó el canónigo.
El párroco, súbitamente aterrorizado, retrocedió.
—¿Que me ha visto?
En una visión rápida se imaginó una traición, el canónigo escondido en una esquina en casa del tÃo Esguelhas…
—¡No lo he visto, pero es como si lo viese! —continuó el canónigo en un tono furibundo—. Lo sé todo. Vengo de allÃ. Me lo ha dicho la Totó. ¡Se encierran en la habitación horas y horas! ¡Hasta se oye abajo el ruido de la cama! ¡Es una ignominia!
El párroco, viéndose pillado, se lanzó, como un animal acosado y arrinconado, a una resistencia desesperada.
—DÃgame una cosa. ¿Qué le importa a usted eso?
El canónigo dio un bote.